La elaboración de medicamentos dejó de ser individual para transformarse en masiva. El toque diferencial que el farmacéutico ponía a cada formulación dio paso a formatos uniformes y repetitivos destinados a cualquiera, más allá de sus sensaciones, estilos y particularidades. El mismo producto elaborado a granel, en alguna parte del planeta, sirve para cualquier humano, sin importar su raza, hogar, alimentación, hábitos o educación. Se produce masivamente, sin considerar las necesidades individuales.
Con los análisis clínicos pasa igual. Se elaboran reactivos en un país y usan en el mundo, independientemente de la formación del operador, o de la raza, fisiología o ADN del enfermo. El papel del bioquímico se reduce a mezclar reactivos con orina, sangre o médula, e inyectarlo en un equipo que hace la tarea e informa el resultado.
La reducción de la actividad elaboradora y analítica del farmacéutico y el bioquímico, los convirtió en meros intermediarios entre la industria y el paciente. La figura de estos profesionales, que es predominante para la ley, en la práctica es decorativa. Solo 15% de las farmacias, 3% de las droguerías y 1% de la industria son propiedad de un graduado en farmacia; y menos del 20% de los bioquímicos son dueños de un laboratorio de análisis. No es que el profesional deba ser propietario para asegurar la calidad del servicio, pero sí el que tome las decisiones para que las cosas salgan bien.
Es notable como empresarios de medicamentos e insumos de diagnóstico minimizan la importancia de la presencia, función y opinión del profesional. Creen que todo se reduce a comprar y vender una “cajita”, o a procesar una muestra e informar un resultado y facturarlo. Entienden que la función y opinión del universitario es poco relevante. Que deben contratar un graduado “porque la ley lo exige”, no porque sea necesario.
Es habitual ver dueños de farmacia haciéndose pasar por farmacéutico o patrones de laboratorio diagnóstico que participan en ámbitos de salud usando palabras técnicas con las que intentan influenciar e imponer sus conveniencias. Creen que son ellos los que prestan salud a la gente. La desregulación de la farmacia y la bioquímica abrió estos lugares, otrora científicos, a inversores con fines de lucro casi exclusivos.
Muchos propietarios no respetan la palabra del profesional, deciden sin su autorización, no le pagan suficiente y, ante discrepancias, lo reemplazan. Las necesidades económicas favorecen los perfiles más pasivos. En definitiva, el dueño hace lo que quiere, pero en sus decisiones arrastra al profesional a causas penales y sanciones en su matrícula. Las causas de mala praxis siempre imputan al profesional, aunque sea por omisión.
Es inaceptable que los sectores farmacéutico y bioquímico ignoren a las profesiones que le dieron origen. Estos sectores surgieron como consecuencia de una profesión, no a la inversa. Desde los orígenes del mundo se realizaron análisis para diagnosticar enfermedades y se emplearon fármacos para curarlas, porque había graduados en farmacia y bioquímica, no porque existían empresarios, propietarios o inversores.
El caso del farmacéutico es patético. Este profesional es el responsable técnico de laboratorios, droguerías y farmacias. Es decir quien investiga, produce, controla, conserva, distribuye, aconseja, y últimamente, acompaña el uso de cada medicamento; sin embargo, los propietarios de estas empresas privilegian su relación con el médico, financiándole congresos o proponiéndole beneficios por indicar sus productos. Ignoran que son cada vez más los medicamentos de manejo del farmacéutico, principalmente los destinados a dolencias menores. Es el graduado en farmacia, y no en medicina, el responsable de casi toda la cadena del medicamento, pero lo consideran prescindente.
Esto es posible, en parte, al perfil excesivamente bajo del farmacéutico y el bioquímico. Personalidad temerosa, construida en la universidad, con docentes que no ejercen la profesión y promueven el “no te metas” para evitar problemas. Cabe recordar al profesor que frente a un caso de desmayo, aconsejaba a sus alumnos dejar caer al paciente del lado de afuera de la farmacia… Docentes, más acostumbrados a la ficción del laboratorio que a la atención de pacientes verdaderos, tallaron “a fuego” un temperamento frágil, más preocupado por el riesgo a perder su permiso para ejercer que en beneficiar pacientes.
Farmacéutico y bioquímico se creen menos que el médico o el odontólogo cuando, en realidad, estudian tanto o más que estos. Es notable que farmacéuticos y bioquímicos teman contrariar la opinión de un médico, aún con pruebas del error. Tampoco suelen atreverse a contradecir al empresario que los contrató.
Con la pasividad del farmacéutico y del bioquímico pierde la gente. Pierde un profesional formado, con su aporte, capaz de brindarle mejor salud y calidad de vida, y de evitarle gasto y problemas con estudios excesivos o medicamentos que no necesita o mal utiliza.
Aunque es justo mencionar que los remedios y reactivos surgidos del desarrollo industrial son más eficaces, nada justifica la salida de escena del farmacéutico y el bioquímico. Es cada vez más notable la peligrosidad de los fármacos y la ineficiencia de los análisis clínicos por la idiosincrasia del paciente. Desconocer las particularidades del individuo analizado o tratado suele terminar en fracaso. Por eso hace falta atención farmacéutica y atención bioquímica, para adaptar las técnicas, metodologías y tratamientos universales a las características individuales de cada paciente. Falta mayor interpretación del resultado para el diagnóstico y mejor información para tomar correctamente los remedios.
Hay que detener el ninguneo al farmacéutico y al bioquímico, porque sin profesional no hay farmacia ni laboratorio. Necesitamos más farmacéutico y bioquímico y menos empresario.
MARCELO PERETTA – 10/2013
Doctor en Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires
Secretario general del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos – SAFYB